La gente enfermaba y sufría la enfermedad en su casa. El enfermo se convertía en el centro de la casa y, cuando su estado revestía gravedad, en el centro de la aldea. Todas las casas del pueblo pasaban a visitar al enfermo. Si una casa del pueblo no iba a visitarlo era porque las cosas entre ésta y la del enfermo no andaban «como Dios quiere». Por las noches, en torno al fuego, la casa del enfermo hacía el recuento de cuántas veces había venido a verlo cada casa, o al menos se había interesado por él, y de las que aún no habían venido a visitarlo ni habían preguntado por su estado de salud. Llegado el momento, el enfermo se moría en casa.

Aún en nuestros días, muchas personas mayores ruegan a los suyos: «Cuando me llegue la hora, me dejáis morir tranquilamente en casa sin traerme de un lado para otro». Morir fuera de casa era considerado como una desgracia y una mala muerte. Las mujeres de la familia o los hombres, según que fuera mujer u hombre, preparaban el cadáver ayudados por alguien del pueblo que sabía. Hoy, a los enfermos se les lleva a la clínica y allí permanecen hasta que sanan. Si no es el caso y, por el contrario, se mueren, el cadáver es trasladado al tanatorio en donde los servicios funerarios se encargarán de prepararlo, y no volverá a cruzar el umbral de su casa nunca más. En el tanatorio, el cadáver es encerrado en una urna y nadie de la familia volverá a tocarlo.

Enterrar a los muertos, además de una obra de piedad cristiana, es procurarles un refugio, enviarlos al seno del fuego o de la tierra y darles protección. Los cadáveres insepultos pueden ser pasto de las aves carroñeras y de los perros. Sófocles pone estas palabras en boca de Antígona: «Para más tiempo me trae cuenta el agrado de los muertos que el de los vivos, pues con ellos eternamente he de reposar». Y añade dirigiéndose a su hermana: «Tú, si así te parece mejor, sigue desestimando leyes que los dioses tanto estiman: enterrar a los muertos». De todos los ritos que el hombre ha practicado a lo largo de la Historia, seguramente, los funerarios han sido los primeros.

Al muerto hay que enterrarlo en el lugar al que pertenece, en el lugar en el que será circundado por todo lo que él es: su cementerio. «Cuando murió aquí un vecino de allá, lo mandamos para que reposara al lado de los suyos y también tuvimos aquí un funeral. En el pueblo los entierros son como un río de gente; aquí éramos cuatro gatos. Dejar aquí los muertos es muy penoso porque nosotros volveremos un día a España y los muertos quedarían aquí solos para siempre sabe Dios al lado de quién», me dijo un emigrante gallego en Alemania.

Hoy, como en tiempos de la Ilíada, se hace lo posible y lo imposible por recuperar el cadáver de un pescador desaparecido en un punto incierto de alta mar, de un montañero aplastado por un alud de nieve no se sabe en qué montaña, el del conductor de un coche arrastrado por una creciente que llegó como el lobo al rebaño, el cadáver de un minero enterrado en las entrañas de la tierra y el de los pasajeros de un avión que estalló en el aire desparramados en la selva inaccesible. La ley de la memoria histórica se centra en buena parte en la identificación de cadáveres recuperados de fosas comunes.

En una visita reciente a las excavaciones de Elefterna (Creta), siglos V al IV a. C., he podido comprobar que alrededor de la tumba del héroe, en el centro del cementerio, no hubiera cabido ni una aguja más. Los cristianos antiguos hacían lo posible por ser enterrados cerca del altar, al lado de las reliquias de los mártires titulares de la comunidad eclesial del lugar. Los políticos luchan por situarse lo más próximo posible en el entierro del héroe, el soldado muerto en acto de servicio. El entierro de los soldados muertos en «acto de servicio a la patria» es, como las hecatombes de los griegos, un sacrificio a algún dios para purificarnos del crimen que hemos cometido al haberlos enviado al matadero.

Las griegos cortaban un mechón de cabello a los muertos para guardarlo como recuerdo, práctica que, en la Europa rural, se conservó hasta hace muy poco tiempo; en algunos lugares sigue practicándose. Los cristianos hicieron guerras por conseguir y guardar las reliquias de los santos y muy especialmente las de los mártires. En la actualidad, las reliquias son las botas de los futbolistas famosos, alguna prenda íntima de una cantante celebre, la camiseta del ganador de una célebre carrera ciclista, la guitarra de un músico.

En el cementerio de Atenas me senté a la mesa en un banquete después de un funeral. En Barcelona he entrado en una cafetería a «tomar algo», invitado por la familia del fallecido después del entierro. En Galicia he cenado con otros asistentes al entierro en casa del difunto. En Brasil he asistido a velorios durante los que algunos de los asistentes bebieron todo el tiempo. Se trata del tradicional banquete funerario aunque, a veces, un poco transformado.

En muchos países, el viajero de antaño encontraba, especialmente en las encrucijadas de los caminos, monumentos, en Galicia petos de ánimas, que le recordaban la presencia de los antepasados. El conductor actual observa que las carreteras de países latinoamericanos, europeos, asiáticos son un recordatorio interminable de la ausencia presente de los muertos en accidente de coche. «Las carreteras son un cementerio que lleva a todas partes», me dijeron.

Los jóvenes van poco a los asilos a visitar a los abuelos y se buscan eufemismos para hablar de la vejez, antesala de la muerte: la tercera edad, los mayores. Muchos adultos evitan ir a los hospitales a visitar a los enfermos terminales porque, dicen, «quiero conservar una imagen agradable de él», sin pensar en que el enfermo puede tener necesidad de su compañía. Se trata de no mirarse en el espejo porque «cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar». Es una prueba más del complejo de Peter Pan que sufre la sociedad actual.

El sexo fue un tabú hasta no hace mucho tiempo aunque hoy se hable de él en tertulias públicas y se practique a cielo abierto; por el contrario, la muerte de la que se habló profusamente en tiempos pasados, hoy es un tabú. Los jóvenes no van a los entierros y mucho menos a ver un muerto «para que no se traumaticen»; sólo ven la muerte en la televisión, en el cine y en los juegos de la play station. «Mis hijos todos vieron a la abuela muerta; mis nietos no han visto más que los muertos de la televisión. Ni siquiera se enteran de cuando muere alguien. Ahora en las casas no hay muertos, ni siquiera hay enfermos», me dijo un abuelo. La muerte no es un hecho existencial sino un espectáculo televisivo, una ficción.

El olvido completo de la muerte dejaría la existencia humana al cielo raso y la vida convertida en un espejismo extraño, ajeno por completo a la realidad. La tierra alberga a los muertos pero también los oculta. Enterrar a los muertos es enviarlos al submundo, al subterráneo. Mucha gente no guarda silencio sobre la muerte, sino que no tiene nada que decir sobre ella porque la olvida. El hombre no puede liberarse de la muerte aunque le encanta jugar con ella al gato y al ratón. No es extraño, pues, que haya gente que sólo recuerda a sus muertos en estas fechas.

El mundo no cree en la inmortalidad del alma, pero practica a los muertos la tanatopráxis: les hacen la operación estética, les maquillan, les ponen música y les meten el teléfono móvil en las tumbas, y los congelan, para inmortalizar su cuerpo. La muerte es un acontecimiento universal e irrefutable. Ignorar que un día acontecerá, aunque se ignore «el día y la hora porque llegará como un ladrón» (Jesús), puede ser un error irreparable.

Manuel Mandianes, escritor y antropólogo del CSIC.

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