Estamos en guerra. Lo demuestran cada día tanto los atentados en Yemen, Argel o Londres como en Túnez, Marruecos, Egipto o Filipinas, por no hablar de los principales focos de fuego: Irak, y Afganistán.

Es una guerra compleja, en la que los terroristas se cobran cada vez más vidas civiles, mientras que los gobiernos intentan reaccionar a menudo sin éxito. Es necesario abordar de una vez la cuestión: ¿se puede ganar la batalla en contra del terrorismo? Tal y como van las cosas, la respuesta realista, aunque tajante, es desgraciadamente la siguiente: hasta la fecha, todo demuestra que no. Dicho de otra manera: ya hemos perdido la batalla, porque nos hallamos frente a un enemigo que se nutre de la estupidez de su principal adversario: los EE.UU. La `guerra contra el terrorismo´ de Bush se ha convertido en una pesadilla para todo el mundo, porque los americanos se equivocaron al plantear el problema únicamente desde una perspectiva militar. De hecho, esta guerra no es nada más que una estrategia de exportación del caos, que ha permitido a los norteamericanos coaccionar con mano dura a sus propios aliados. No hubo una verdadera reflexión internacional sobre lo que es y lo que significa históricamente el terrorismo. Para combatirlo, primero hay que entenderlo, conocerlo. Es un despiadado adversario que debe ser analizado bajo todos sus formas.

El terrorismo practicado por Al Qaeda no es un enemigo identificable desde un punto de vista militar, porque no existe como ejército, como cuerpo de fuerzas territorialmente localizable. Se trata de una ideología, y la victoria de Al Qaeda es en primer lugar una victoria ideológica. Una ideología que se nutre de las injusticias y de la exportación del caos en el mundo musulmán que han puesto en marcha los EE.UU. Al Qaeda no es sólo una organización sino una pléyade de organizaciones que funciona como fuerza mental, como visión del mundo. Es una idea. Una red-idea. Se ha convertido, como idea, en la encarnación de la guerra frente a EE.UU. y, por ser también una idea totalitaria y radicalmente antimoderna, en contra tanto del mundo occidental como de las clases ilustradas en el mundo árabe y musulmán.

Antimoderna ideológicamente, pero radicalmente moderna técnicamente: Al Qaeda corresponde, en su modo de organización, al mundo post-moderno en el que vivimos. Se trata de una `antiorganización´ descentralizada, cuyas fuerzas son autónomas, irracionales y absolutamente libres. Los distintos grupos no tienen vinculación entre sí, actúan con un solo objetivo: sembrar la muerte. Porque la fuerza de Al Qaeda radica no en su eficacia militar, sino en su esencia: es decir, hacer la guerra no para vencer sino para morir. Hacer de la muerte la condición de la victoria final. Se trata de un arma radicalmente nueva porque hace del sacrificio el principal éxito de la lucha. Arma imparable, que surge como reacción violenta, brutal, irracional, frente a la opresión. Aquí radica la fuerza de los integristas. Estamos en plena dialéctica del maestro y del esclavo: el maestro es maestro porque el esclavo acepta ser sometido. La conquista de la libertad implica el riesgo de morir por ella. En todos los países en los que se enfrentan hoy en día el ejército norte americano y los pueblos, es esa misma dialéctica la que funciona. No hay ningún romanticismo aquí, no se trata de personajes de novelas rusas del siglo XIX, sino de la realidad cruda, miserable y diaria en los países en guerra. Y los terroristas son grupos que se aprovechan de esta situación para sembrar el terror, en nombre de su fanatismo presentado como ideología de salvación.
En otras palabras: no se puede ganar la guerra en contra del terrorismo mientras las causas que producen su ideología sigan existiendo. Ello no significa que la lucha no deba ser militar, sino que el enfoque militar debe estar supeditado a una estrategia global considerando tanto el efecto terrorista como las causas políticas y económicas que lo hacen posible. Esta lección, seis años después del 11 S, las grandes potencias no la han entendido todavía.

La estrategia de EE.UU., Israel y sus aliados en contra de los pueblos palestino, iraquí y ahora afgano, se ha transformado en guerra global. Y frente a la injusticia, a la dominación sobre las riquezas, los terroristas pretenden ofrecer una salida radical, considerando que todas las poblaciones del mundo son más o menos cómplices de esta situación. Con lo cual, en vez de crear un frente de lucha política en los países concernidos, extienden la violencia por doquier. El campo de batalla es la totalidad del mundo.
Son conocidos los conflictos que hay que resolver. El principal foco de injusticia, que alimenta el resentimiento y el odio del mundo islámico en contra del resto del Planeta, se halla en Oriente Medio. Allí la solución depende de Estados Unidos y de Israel. ¿Pero quién puede obligar a estos dos países a respetar el Derecho internacional y la justicia? Y todos sabemos que la manera más eficaz de acabar con el terrorismo consiste en una alianza mundial para establecer un orden internacional basado en el amparo de la ley y en el reconocimiento de los derechos de los pueblos oprimidos. En el caso del terrorismo procedente de Oriente Medio, eso significa actuar a la vez para permitir al pueblo palestino tener una existencia digna, establecer la paz en Irak con la retirada de los EE.UU., organizar unas elecciones libres en Afganistán y, sobre todo, dejar de apoyar a los regímenes dictatoriales y corruptos en esta región.
Conclusión evidente pero poco realista en estos tiempos, pues nadie se atreve a oponerse al imperio estadounidense, principal responsable de esta situación. De modo que, nosotros los civiles, seguiremos padeciendo el miedo y el terror. Pues el hecho es que no sólo estamos en una situación de conflictos, sino que, con la amenaza del terrorismo, vivimos la guerra permanente. (Sami Naïr).
 

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