La tragedia asola el país árabe. Cuatro años después del inicio de la guerra y de la ocupación, decididas unilateralmente por George W. Bush, los resultados para el pueblo iraquí se asemejan a los efectos de una catástrofe que se prolonga desde hace ya demasiado tiempo.

La Nación /Patrice Claude (Le Monde)

Cuatro años después de la destrucción formal de la dictadura de Sadam Hussein, el 9 de abril de 2003, por cualquier lado que se le mire, la evidencia es cegadora: impulsada por la ideología neoconservadora, preparada con mentiras y animada por la ignorancia, la invasión británico-estadounidense de Irak ha resultado un desastre.

Se trata de un desastre para el ocupante y sus aliados; un desastre para los ocupados; y un desastre en el aspecto humanitario, militar, estratégico, económico y moral, en un país de por sí extenuado por las locuras de Hussein.

Todo mundo conoce los datos humanos de esta debacle. Cerca de 4.000 muertos y no menos de 24.000 mutilados por parte de los invasores. Por lo menos 200.000 civiles iraquíes en el cementerio, aunque sin duda son más. Dos millones de exiliados en los países vecinos, a su vez amenazados de desestabilización. Y otro millón de civiles demasiado pobres para huir, que se amontonan miserablemente en campamentos improvisados.

En el ámbito financiero, la amplitud del fracaso es abismal. 500.000 millones de dólares vueltos humo, especialmente en provecho de las empresas allegadas a los funcionarios del Gobierno de George W. Bush: Halliburton en primer lugar (el alma máter del vicepresidente Dick Cheney), Bechtel, Blackwater y otras.

Retribuidas para poner en pie de nuevo al país y garantizar que el petróleo iraquí fluyera libremente por los oleoductos de exportación, esas grandes constructoras tienen un saldo prácticamente igual a cero. Las instalaciones petroleras no se han modernizado y la extracción del crudo es inferior a lo que fue durante la dictadura.

Ya que no ha dejado de extenderse la inseguridad, la reconstrucción prometida a los iraquíes en todos los discursos de George W. Bush y de Tony Blair no ha podido siquiera empezar.

En términos globales, la población se ha empobrecido considerablemente, la mortalidad infantil se ha duplicado, el desempleo rompe récords y es de 40% a 60% según la región. La delincuencia avanza por todas partes y produce batallones de ladrones, secuestradores, matones y asesinos dispuestos a cualquier infamia por unos cuantos dólares. La sociedad civil ha desaparecido. Sus heraldos han huido.

FRACASO GEOPOLÍTICO

En términos de geoestrategia política y militar, el fracaso de la invasión también es considerable.

“Después de Sadam, les tocará su turno a las demás dictaduras del Medio Oriente (…) El establecimiento de la democracia y la libre empresa tendrá efectos de bola de nieve. Apoyaremos a los opositores contra todos los autócratas, exigiremos elecciones libres en todas partes. La seguridad de nuestro aliado israelí se reforzará con ello”, prometió en su momento Washington.

Pero hoy en día, ese aliado se siente amenazado por Irán. Siria está a punto de recuperar la gracia. El Líbano teme el regreso de la guerra civil. El régimen autocrático de Egipto manipula la constitución con miras a pasarle el poder al hijo del rais Hosni Mubarak. Los demócratas árabes están abandonados a su suerte prácticamente en todos lados. Las monarquías de Jordania y Arabia Saudita, aliadas de Estados Unidos, están amenazadas por una ideología salafista, anti-occidental y violenta, que avanza por toda la región.

En Irak, la ocupación ha favorecido el establecimiento de una sucursal de Al Qaeda más mortífera que la casa matriz. En cuanto al paradigma del “eje del mal”, Irán, desembarazado por Estados Unidos de sus dos enemigos más firmes –el Talibán de Afganistán en su frontera oriental y las baasistas de Sadam Hussein al oeste-, éste se siente tan poco vulnerable a la amenaza exterior que puede darse el lujo de empecinarse con la energía nuclear.

En Bagdad, están en el poder “amigos” de la misma capilla islámica y religiosa chiita. La guerra en Irak, “mantenida a trasmano por Teherán”, según acusa Washington, ha puesto a 160.000 soldados al alcance de los cañones iraníes. El reciente episodio de los quince marinos británicos detenidos por los iraníes en aguas del Golfo Pérsico es edificante en ese sentido.

Entre los investigadores civiles, expertos militares y diplomáticos estadounidenses, aquellos que fueron descartados de la aventura iraquí por la Casa Blanca y el Pentágono acusan al unísono a Bush, a su vicepresidente -y ex director del grupo Halliburton- Dick Cheney, al ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld y sus lugartenientes neoconservadores Paul Wolfowitz y Douglas Feith de haber cometido todos los errores “imaginables” en Irak.

CORRECCIONES SIN EFECTOS

Desde la derrota electoral sufrida por su bando en noviembre, el inquilino de la Casa Blanca ha tratado de corregir algunos de sus errores.

Robert Gates, nuevo secretario de Defensa, es lo opuesto de su predecesor: prudente y reflexivo. Ryan Crocker, nuevo embajador en Bagdad, conoce la cultura y las tradiciones árabes, además de hablar su lengua. El general David H. Petraeus, nuevo jefe del Ejército estadounidense en Irak, es un “superdotado” de West Point. Cerca de 30.000 hombres adicionales están en camino de desembarcar.

La corrección de la trayectoria quizá llegue un poco tarde. El triunvirato Gates-Crocker-Petraeus no podrá realizar milagros. No obstante, el nuevo plan de seguridad, lanzado el 14 de febrero en Bagdad con el establecimiento de “estaciones conjuntas de seguridad” en cada barrio, empieza a arrojar resultados. Hay menos degollamientos cotidianos en la capital.

Pero no se ha ganado nada. Perturbada en Bagdad, la guerrilla envía sus camiones bomba a otras ciudades. Irak sigue estando a sangre y fuego. Las matanzas se realizan al alucinante ritmo de 3.000 víctimas al mes. El país sigue bajo la amenaza del estallido. Su guerra civil-religiosa, entre sunnitas y chiitas empieza a desbordar las fronteras. Han sido arrestados, interrogados y fichados cerca de 120.000 rebeldes contra el nuevo “orden” establecido en abril de 2003. La cuarta parte de ellos sigue a la sombra. Más de 20.000 han muerto por sus bombas o por las de los ocupantes.

No es posible ninguna estabilidad si la mayoría chiita en el poder no se abre a la minoría sunnita que tuvo las riendas de Bagdad durante un siglo. Pero nadie está seguro de que sea posible la reconciliación. Los observadores se preguntan qué pasará cuando terminen de regresar a sus respectivos países los militares extranjeros.

¿Partir ahora? En el momento en que muchos iraquíes -chiitas, kurdos y sunnitas moderados- empiezan a nutrir una débil esperanza, muy débil por lo demás, ¿habría que matarla en embrión porque un nuevo aplazamiento equivaldría a retroceder para tomar vuelo, porque los “chicos” y sus familias ya están cansados de la guerra y que, cuatro años después, la opinión pública estadounidense ha tomado conciencia de la realidad? “El que lo descompone lo repara”, dice un refrán del otro lado del Atlántico. Estados Unidos “rompió” a Irak, por lo que solamente a su Gobierno le corresponde “repararlo”.

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